Todos hemos tenido que hablar en público alguna vez. Desde una exposición en el colegio o en la universidad, si bien ya nos quedan un poco lejos, hasta cualquier discurso social, aunque sea con la familia o los amigos.

La cuestión es que, en cualquier caso, la oratoria es una asignatura pendiente por lo general, y el atraer la atención de dos o más personas suele llevar consigo quedarse en blanco, sudores, temblores de las manos o de la voz, e incluso palpitaciones aceleradas.
De acuerdo con algunos estudios, en un 89% de los trabajos es preciso hablar en público, y en muchos casos, esa intervención implica un triunfo – o fracaso- laboral, luego conviene aprender a desenvolverse en dicho ámbito.

Desde conseguir que la comunidad de vecinos apruebe cualquier reforma del edificio, hasta hacer cambiar de parecer a todo un auditorio; ambas situaciones requieren de un dominio de la oratoria que no solemos poseer de forma natural.
Entonces, si el hablar en público resulta tan práctico y necesario, ¿por qué este “arte” no se nos enseña desde pequeños? Además, según expertos, nuestro país se está quedando atrás en esta materia en comparación con países nórdicos y latinos, por ejemplo.


oratoria


Con el fin de paliar esta carencia, ya hay escuelas que imparten cursos para aprender a hablar en público; lo cual, según sus profesores, está muy unido a la inteligencia emocional: conocer y controlar los propios sentimientos que, además de ayudar a defenderse en público, se aplica a otros ámbitos de la vida y conlleva un aumento de la autoestima.

Dominar la oratoria pasa por adaptar el tono de voz, la posición de las manos, introducir los silencios con una determinada intención y, en definitiva, logar la empatía del público, además de superar las propias inseguridades; esa vocecilla que te dice que “no eres capaz”, que “cómo se te ha ocurrido atreverte a algo así”, etc.

¿Y tú? ¿Cómo llevas lo de hablar en público? Yo, si te soy sincero, aunque me alegre tenerte al otro lado, me resulta más fácil hablar sin ver al que me escucha.
Nadie nace sabiendo, pero hay que esforzarse un poquito para avanzar en este y otros campos.


¡Un abrazo de Jordi Cruz!