Manuelo Carrasco ha llegado a esa enorme cifra de espectadores al no haber renunciado a su actuación en Madrid. Recordemos que el pasado martes la Comunidad de Madrid comunicaba al promotor de este concierto que, ante las deficiencias de seguridad que apreciaba el Ayuntamiento de la capital en el recinto, no podía otorgarle el permiso al artista onubense para actuar en Las Ventas.

En una maniobra desesperada y "un día y medio" de montaje fue el auditorio Miguel Ríos de Rivas-Vaciamadrid, el mismo que hace solo unos meses acogió el concierto de despedida de Aerosmith, el que se prestó a recibir hoy a las más de 15.000 personas que, como su ídolo, estuvieron al borde del desplante tras medio año de espera.

Así ha celebrado el cierre de su gira española que empezó en febrero del 2016 en Almería y termino el 15 de septiembre en Madrid.

Transcurridos 20 minutos de las 22 horas, el inicio estipulado, una pareja de expertos en danza aérea han puesto el alma de los asistentes levemente en vilo como previo a "Tambores de guerra", que han levantado del todo a un público exultante y profuso en parejas.

"¡Buenas noches, Madrid! ¡Buenas noches, Rivas-Vaciamadrid! ¡Muchas gracias, muchas gracias, muchas gracias! ¡No sabéis lo que ha sido esta semana con el corazón en vilo, pero nada es imposible!", ha dicho un Carrasco visiblemente eufórico que ha saltado al escenario como un ciclón, prendido a una sonrisa ahora sí inquebrantable.

Junto a sus seis músicos, Carrasco ha mantenido el guión de anteriores convocatorias y tras "Aprieta" e "Y ahora" han sonado "Sabrás", vestida por vientos de saxofón y quejío flamenco, así como "Pequeña sonrisa sonora", que ha dedicado a su "niña", la que recientemente lo ha convertido en padre por primera vez.

Una canción "que sirve para curar", la de "Mujer de las 1000 batallas", ha vuelto a poner al público en movimiento, más aún el banjo de "Yo quiero vivir", de un optimismo contagioso, y "Tan solo tú", interpretada a dúo y entre saltos con Antonio Orozco.

"Madrid, ¿me concedes este último baile?", ha preguntado a voz en grito como prolegómeno al tema que titula su último disco, casualmente en una velada en la que, al raso y a orillas de la meseta manchega, no ha dejado de soplar un viento que, domesticado, no ha hurtado notas ni enturbiado el sonido.

En esa alternancia de altas y bajas pulsaciones y similares patrones musicales se ha sucedido más o menos el "show", con algún azúcar extra innecesario (números de baile arrebatado) y guindas como la presencia de Miguel Poveda para colorear una bella versión de "Menos mal" al piano, lo mejor de la velada.

Al público que no tuviera de su lado se lo ha terminado embolsando Carrasco con la frescura sencilla de su guitarra y dedicándole unos minutos al más puro estilo Sabina a Madrid, "la ciudad que besó en Malasaña" y "donde el sol brilla de noche", antes de irse a su tierra con "Yo te vi pasar".

A 16 grados y con "más frío que en el musical de Frozen" han salido a cantar sus paisanos de Isla Cristina llamados Antílopez para interpretar "No tengo prisa", a tiempo para "No dejes de soñar", de la mano de Conchita y el auditorio convertido en un lucernario.

La épica colectiva de "Sígueme", "Que nadie" y "Ya no", junto a Pablo López, han puesto el concierto en modo de traca final, aunque aún quedaban por sonar un buen ramillete de canciones tras deshojar ampliamente este "Bailar el viento" (en total, una decena de cortes, incluidos "Amor interplanetario" con Nach o "Siendo uno mismo", la última) y de ganarse, tras dos horas y media, un merecido descanso.